Hay una frase que la izquierda repite constantemente: “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”.

Pero vale la pena hacerse una pregunta: ¿cuál es la verdadera solución a la pobreza?

Un país puede intentar combatir la desigualdad quitándole recursos a quienes más tienen y repartiendo parte de ellos. El problema aparece cuando se piensa que repartir riqueza es lo mismo que crear riqueza.

Un país necesita empresas, inversión, empleo, producción y personas dispuestas a arriesgar su dinero para generar nuevos negocios. Si las reglas hacen cada vez más difícil invertir, emprender o contratar trabajadores, la economía puede crecer menos y las oportunidades pueden reducirse.

 

Y cuando hay menos empresas y menos inversión, normalmente también hay menos empleos productivos. El Estado puede repartir dinero durante un tiempo, pero no puede repartir indefinidamente una riqueza que no se está produciendo.

La experiencia de distintos países demuestra que cuando el Estado intenta controlar demasiado la economía, la factura termina pagándola la gente común.

Controles de precios, nacionalizaciones, exceso de impuestos y trabas a la empresa privada pueden desincentivar la inversión, reducir la producción y destruir empleos.

Y aquí está la contradicción: si para combatir la desigualdad destruyes las condiciones para crear riqueza, terminas repartiendo una pobreza cada vez mayor.

Entonces, la pregunta no debería ser:

“¿Cómo hacemos para que los ricos tengan menos?”

Sino:

“¿Cómo hacemos para que más personas puedan hacerse ricas?”

Más empresas.
Más inversión.
Más empleo.
Más propiedad privada.
Menos trabas para emprender.

Porque el objetivo no debería ser que todos tengan lo mismo.

El objetivo debería ser que quien nace pobre tenga la libertad y las oportunidades para dejar de serlo.

La pobreza no se combate persiguiendo la riqueza. Se combate creando más riqueza.


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