Durante años, la derecha encontró en el progresismo un adversario casi perfecto. Un adversario visible, provocador y sobre todo, capaz de convertir la batalla contra el marxismo cultural en victorias electorales. Mientras la izquierda elevaba al centro del debate asuntos relacionados con identidad, género, lenguaje inclusivo o determinadas expresiones del activismo cultural, la derecha descubrió que podía construir una poderosa coalición alrededor del rechazo de los electores a esas posiciones. Muchos votantes que no tenían una identidad claramente liberal o conservadora encontraron allí un motivo suficiente para alinearse a la coherencia del capitalismo liberal y conservador, surge la nueva derecha.
Pero hay un problema y comienza cuando una ventaja electoral depende demasiado de los errores del adversario, porque el adversario puede aprender. Y la izquierda, pese a lo que algunos quisieran creer, nunca se siente obligada a conservar cada una de las posiciones que hoy forman parte de su ecosistema. Los partidos políticos cambian cuando pierden elecciones, cuando cambian sus electorados y cuando determinadas ideas comienzan a costar más votos de los que aportan. La pregunta incómoda para la nueva derecha es qué ocurrirá cuando la izquierda decida soltar la papa caliente del progresismo y deje de defender, o al menos modere, aquellas posiciones culturales que más rechazo le generan.
No hace falta imaginar una conversión de la izquierda al conservadurismo. Tampoco sería practico meter en una misma categoría al progresismo, el feminismo radical y el Loby LGBT, que contienen posiciones diversas. La hipótesis es mucho más sencilla: una izquierda pragmática puede seleccionar sus batallas, puede moderar determinadas posiciones culturales, cambiar su lenguaje, abandonar algunas demandas particularmente impopulares y concentrar nuevamente su discurso en aquello que constituye una parte mucho más permanente de su identidad: la expansión de derechos sociales, la intervención económica, la redistribución y un Estado con mayor capacidad para organizar la vida económica y social.
La historia de la socialdemocracia europea demuestra que semejantes transformaciones no son una fantasía. En Alemania 1959, el SPD (partido socialdemócrata) aprobó el Programa Bad Godesberg, un punto de inflexión que su propia historia oficial describe como el paso de una tradicional organización obrera socialista hacia un partido para toda la sociedad. El programa abandonó la idea de la revolución marxista y aceptó la propiedad privada de los medios de producción bajo determinadas condiciones, además de asumir la economía social de mercado. El propio SPD resume aquella fórmula con una expresión reveladora: “tanto mercado como sea posible, tanto estado como sea necesario”.
Aquello no convirtió al SPD en un partido liberal, lo hizo más competitivo y más capaz de gobernar dentro de una sociedad que había cambiado. Esa distinción es precisamente la que la derecha debería tener presente. Una izquierda puede abandonar parte de su equipaje ideológico sin abandonar el vehículo. Puede revisar una posición que le resulta electoralmente costosa y conservar intacta su convicción de que el Estado debe intervenir para corregir, redistribuir, regular y proteger.
«el antiprogresismo debe ocupar un lugar dentro de la estrategia de la nueva derecha, pero nunca convertirse en su fundamento»
La nueva derecha corre el riesgo de cometer el error inverso. Puede llegar a pensar que combatir el progresismo constituye por sí mismo un proyecto político, no lo es. El antiprogresismo es una magnífica herramienta electoral porque permite reunir a personas muy diferentes alrededor de un rechazo común. Pero que un ciudadano esté harto de determinadas «expresiones culturales» de la izquierda no significa que haya abrazado la propiedad privada, la competencia, la reducción de impuestos o la limitación del poder estatal. Puede rechazar el wokismo y seguir queriendo un Estado grande. Puede criticar determinadas políticas identitarias y al mismo tiempo, desconfiar profundamente del mercado.
Las coaliciones electorales no son tratados de filosofía política. Se forman alrededor de preocupaciones concretas, y pueden deshacerse cuando esas preocupaciones cambian. Por eso una derecha que construya demasiado de su caudal político alrededor del rechazo al progresismo podría descubrir, cuando la izquierda modere su discurso progresista cultural, que una parte de sus aliados no llegó realmente por las ideas base de la derecha y el liberalismo económico, sino por oposición a aquello que estaba enfrente.
En la encuesta postelectoral del Parlamento Europeo de 2024, el aumento de precios y el costo de vida fueron los principales asuntos que motivaron el voto, con 42%, seguidos por la situación económica, con 41%. La defensa de la democracia y el Estado de derecho alcanzó 32%, mientras migración y asilo llegaron al 28%, el progresismo no preocupa al ciudadano de a pie. No significa que la batalla culturale sean irrelevante, significa que la política real tiene un campo de juego mucho más grande que el que aparece en las redes sociales.
Ahí está el peligro. Si la izquierda consigue dejar de regalarle a la derecha un adversario permanente y vencible, la discusión puede regresar al estatismo o liberalismo de la economia. Y en ese terreno no basta con señalar lo que está mal en el otro lado. Hay que explicar por qué la propiedad privada produce mejores incentivos que la propiedad política, por qué una empresa necesita libertad para invertir y contratar, por qué el emprendedor no debería ser tratado como un sospechoso permanente, por qué la competencia importa y por qué un Estado que pretende resolver cada problema termina acumulando un poder que después resulta difícil de retirar.
Una derecha liberal-libertaria debería poder defender todo eso incluso si mañana desapareciera la expresión “progre – woke” del debate público. Su defensa de la libertad individual no puede depender de que exista un adversario cultural que la amenace. El mercado no se vuelve malo solamente porque la izquierda lo ataque y el Estado limitado no debería ser una consigna reservada para cuando gobiernan nuestros adversarios.
Pero atentos, el progresismo contemporáneo no es solamente un conjunto de consignas electorales, está incorporado en organizaciones, movimientos sociales, universidades, medios, ONG, burocracias y militancias. Para muchos de sus defensores, determinadas cuestiones culturales forman parte de su identidad política y no son piezas que puedan retirarse de un programa como quien elimina una medida impopular. Una moderación demasiado brusca podría generar conflictos internos, pérdida de militantes y fracturas dentro de la propia izquierda.
Es cierto. Pero la derecha no necesita esperar una retirada completa. Ese es precisamente el punto, una izquierda pragmática puede conservar buena parte de su identidad cultural y aun así, moderar aquello que electoralmente le resulte más costoso. Puede escoger sus batallas, cambiar el lenguaje, bajar el tono y dejar algunas demandas en segundo plano mientras concentra su energía en salarios, vivienda, protección social, servicios públicos, impuestos y regulación. No necesita convertirse en derecha, solo necesita aprender qué parte de su programa le impide ganar.
Eso ya ocurrió con otras transformaciones de la izquierda. Bad Godesberg no fue una rendición ideológica completa del SPD, sino una adaptación profunda de su relación con el socialismo, la propiedad y el mercado para ampliar su capacidad de representar y gobernar. La lección no es que toda izquierda terminará haciendo lo mismo, la lección es que las izquierdas pueden cambiar cuando sus incentivos cambian.
Y si eso sucede nuevamente, la derecha tendrá que competir sin uno de sus caballos de batalla más efectivos.
Por eso el antiprogresismo debe ocupar un lugar dentro de la estrategia de la nueva derecha, pero nunca convertirse en su fundamento. Puede denunciar excesos, disputar la cultura y atraer a quienes están cansados de determinadas imposiciones. Puede abrir una puerta electoral que durante mucho tiempo permaneció cerrada, pero después de abrirla hay que saber qué hacer al otro lado.
La nueva derecha necesita una identidad que sobreviva al día en que la izquierda cambie de estrategia. Esa identidad está en la libertad individual, la propiedad privada, la empresa, el emprendimiento, la competencia, la responsabilidad y un Estado sometido a límites claros. Esos principios no dependen de quién gobierne la izquierda ni de cuál sea la próxima batalla cultural. Tienen valor precisamente cuando el adversario deja de ser útil para recordarnos por qué debemos defenderlos.
No me mal entiendan, el estar forzando a la izquierda a deponer posiciones progresistas culturales, es la mayor victoria de la derecha desde la caída del muro de Berlín, pero ahora no debe pensar en el fin de la historia, debe mantener el posicionamiento ganado y prepararse para la siguiente meseta.
La paradoja es incómoda, pero también liberadora: la derecha debería querer ganar la batalla contra el progresismo sin necesitar que el progresismo siga existiendo para justificar su existencia. Si la izquierda suelta la papa caliente del progresismo, no deberíamos correr detrás para recogerla, deberíamos estar preparados para volver a una disputa más difícil, pero también más profunda: cuánto poder debe tener el Estado y cuánto espacio debe conservar el individuo.
Porque una derecha que solo sabe quién es cuando tiene enfrente algo que combatir termina siendo rehén de su adversario. La nueva derecha necesita algo más ambicioso: un proyecto que siga teniendo sentido después de ganar la batalla cultural.
El antiprogresismo es la herramienta, La libertad el proyecto.


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